EL AUTOR TRADUCIDO Por Sanz Irles @SanzIrles            www.sanzirles.com

La traducción literaria es un tema apasionante y espinoso, que me ha interesado siempre; primero como lector, después como traductor y ahora como escritor. 

Está a punto de aparecer la versión inglesa de mi novela «Una callada sombra», que pasa a llamarse “Silent Shadows”. Esto me ha permitido entrometerme en el proceso de la traducción, siguiendo de cerca los avances y las cuitas de Lisa Carter, en quien recayó el trabajo. 

Me pidieron pasar al papel mi experiencia como autor traducido. El resultado fue este artículo, que escribí en inglés y que ahora me autotraduzco. Hay mucho detrás de un trasvase entre lenguas; esto es sólo una pequeña parte.

Cuando supe que una de mis novelas iba a ser traducida al inglés, caí en la cuenta de dos cosas: qué formidable oportunidad se me daba, y qué desafío había por delante.

Sin duda fue aquella mi semana de suerte: a los pocos días me dejaron elegir al traductor, de entre una terna. Es algo muy poco frecuente, tengo entendido. Tras leer las tres versiones del capítulo que se utilizó como prueba, me decidí por la canadiense Lisa Carter. Un asunto de afinidad verbal, supongo. Una vez superada la extrañeza (casi un out of the body experience) de ver en otra lengua las palabras que uno ha tejido cuidadosamente en la propia, me pareció que la versión de Lisa tenía un ritmo y una musicalidad interna más “míos” que las otras dos. ¡Tenía que ser Lisa!

Pero elegir el traductor fue sólo el comienzo de las penalidades. Darle a alguien tu texto para que lo traduzca es como entregar tu propio hijo a un tutor, para que te lo cuide durante una larga y obligada ausencia. ¿Será el tutor adecuado? ¿Saldrá el niño ileso de la ordalía?

En las fosas abisales del cerebro, los pensamientos se tornan aún más tenebrosos: ¿de verdad voy a permitirle a esta bruja que hinque sus sucias garras en “mi” criatura? ¿Cómo podrá esta señora manejar el ritmo inviolable de mi prosa o la fina marquetería de mis oraciones? ¿Acaso me he vuelto loco?

En cuanto nos pusimos manos a la obra (ella a traducir y yo a enredar con las dudas de interpretación que le surgieran), el aplomo de Lisa ante el trabajo obró en mí un poderoso apaciguamiento e hizo desaparecer mis principales temores. Parecía una persona razonable y no daba señales de ser la niñera loca que complota para hacer pasar el niño como suyo y robártelo. Tenía claro quién había escrito la novela y, ¡prodigio de prodigios!, aseguraba estar dispuesta a tener en cuenta mis opiniones.

Según avanzaba el trabajo, fui apreciando más y más su respeto hacia el texto que se le había encomendado. Mantuvimos un intenso intercambio de e-mails, para asegurarnos de que hubiese una aceptable sintonía en lo relativo al estilo general de la prosa y sobre la forma en que pensaba trabajar con mis periodos largos (algo faulknerianos, a veces), a los que un lector medio anglosajón, sobre todo norteamericano, podría estar poco habituado; hablamos de cómo abordar una serie de asuntos extralingüísticos, culturales y metaliterarios, como el de algunas de las citas de otras obras que, velada o explícitamente, aparecen en la novela; también hubo que ponerse de acuerdo en algunos tecnicismos menores (pero importantes para el marketing) como si convenía usar el inglés británico o el estadounidense. Fue muy divertido y hasta hilarante, a veces, trabajar con Lisa en esas largas tareas preparatorias del trabajo verdadero.

Se había ganado mi confianza, de modo que ahora mis miedos se volvieron hacia mí mismo. ¿Cuánto iba yo a ser capaz, a mi vez, de respetar su trabajo?

No soy un “cliente” fácil, no sólo porque mi nivel de inglés me permite cuestionar y discutir ciertas decisiones de traducción, sino, sobre todo, porque cuando se trata de palabras soy, fuerza es reconocerlo, un maniaco. No son las mejores credenciales para que un traductor se encuentre cómodo conmigo, bien lo sé. Abrigo la esperanza de que Lisa haya encontrado tolerable mi actitud.

Restringí mis comentarios a lo que consideré imprescindible para asegurarme de que había entendido algunos matices finos del texto original, y le reconocí autoridad sin límites para decidir cómo verter dichos matices al inglés, una vez plenamente comprendidos. (Sólo tuve que insistir un poco para que no barnizara en exceso ciertas expresiones vulgares y escenas indecorosas, aún a riesgo de perder «lectores puritanos», y en honor a la verdad lo hizo con donaire y sin obligarme a insistir demasiado).

He quedado muy contento con el resultado y declaro, con la solemnidad que me permite el medio, que soy el autor de Una callada sombra, pero que Silent Shadows le pertenece a Lisa Carter casi tanto como a mí, y así lo hago público poniendo, junto al mío, su nombre en la cubierta.

Estimado Sr. Sánchez. Texto de Carmen Álvarez @cav_carmen

” … si usted está pensando en que un Estado llamado formalmente federal puede solucionar el famoso encaje de Cataluña en España, me temo que no va bien encaminado. Las regiones gobernadas por el nacionalismo no están interesadas en compartir estructura jurídica con estepaís. Ni Estado Federal simétrico, ni asimétrico, ni mediopensionista”.

http://xyzdiario.com/opinion-destacada/opinion/estimado-sr-sanchez/

Publicado el 6 de julio de 2017 en @XYZdiario

El 18 de julio y la España de hoy. Texto de Emmanuel M. Alcocer @Filomat_

“… es una terea de todos y cada uno de los españoles, ciudadanos y miembros soberanos de su nación y por tanto también responsables de ella. Es tiempo ya de que superemos este guerracivilismo visceral y dañino que nos invade como un fantasma que viene del pasado. En nuestra mano queda hacerlo o no”.

Ese día amaneció caluroso y despejado, como corresponde a un 18 de julio, y aunque ya desde el día anterior en el Protectorado de Marruecos se habían empezado a producir importantes y violentos movimientos insurreccionales, no había ningún indicio claro que pudiera hacer pensar en la terrible tormenta que se desataría momentos después en toda la nación, durante años. Hablamos, claro está, de la sublevación militar que acabaría encabezando Francisco Franco, del día del Alzamiento Nacional o Glorioso Alzamiento Nacional, como se denominó desde el franquismo –aunque esa es una expresión que ya tenía bastante solera; sin ir más lejos la podemos encontrar el 27 de abril de 1931 en el decreto que establecía la bandera de la Segunda República y que dice: El alzamiento nacional contra la tiranía, victorioso desde el 14 de abril, ha enarbolado una enseña investida por el sentir del pueblo con la doble representación de una esperanza de libertad y de su triunfo irrevocable–, o del golpe de Estado (fascista), como desde el bando republicano se denomina. Una dualidad interpretativa, maniquea, que, aún hoy, cansinamente, vemos señalada diariamente. Diariamente. Y no pocas veces. Y es que ese día, aunque no estaba en los planes que largamente el general Mola preparó para hacerse con el control la República, comenzaría una de las mayores convulsiones que ha sufrido España desde la invasión napoleónica a inicios del XIX, invasión que entonces dio como resultado la transformación del universal imperio español en una Nación política moderna en ambos hemisferios.

Día, pues, que supuso un terremoto histórico que sigue dejando réplicas en la actualidad –y en la legislación española, véase la Ley de Memoria Histórica de 2007–. Una actualidad, de nuevo, cada vez más sectaria y pobre en ideas tanto por parte de la abultadísima y chupóptera clase política como de sus votantes, que continuamente tienen que recurrir a esas fechas para engrasar sin descanso la maquinaria de la propaganda y la demagogia.

No entraremos en excesivos detalles acerca de lo ocurrido en esos momentos y en lo que vendría después, porque a pesar de que muy pocos españoles lo conocen como deberían, lo cual ayuda a su manipulación, existe una ingente y creciente cantidad de bibliografía y webgrafía en la que se puede consultar. Y aunque el debate siempre será algo que esté abierto, debe hacerse con los datos, con la historia, en la mano. Y es que con el pasar de los años la historiografía ha ido aportando estudios de gran interés para entender tal alzamiento militar –si fue la única solución o no la guerra en que desembocó es ya otro debate– y el caos continuo que supuso la II República. Para empezar hay que decir que las garantías constitucionales, de las distintas Constituciones, estuvieron suspendidas al menos la mitad del tiempo que duró la República. También debemos citar el fraude electoral de febrero del 36, que estudios como el reciente 1936. Fraude y violencia de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Vila García demuestran, aclarando cómo se manipularon hasta 50 de los 240 escaños de los que acabó apoderándose el Frente Popular, obteniendo así la mayoría absoluta. Junto a la manipulación de actas, la anulación en varias circunscripciones de las elecciones –para volver a repetirlas en un clima nada pacífico– o el nombramiento de diputados que no habían sido elegidos.

Otro punto significativo y siempre señalado, pues fue un punto de inflexión para la sublevación, es el asesinato de José Calvo Sotelo, cuyas previas amenazas de muerte en pleno Parlamento por parte de diputados como Dolores Ibárruri o el mismísimo presidente Casares Quiroga ya muestra el clima que ahí se vivía. Un asesinato y un clima en el que la presión de Indalecio Prieto y su círculo llegó a impedir que se realizara una investigación adecuada para determinar los hechos –lo cual no habría dejado demasiado bien a Prieto dados sus vínculos con los asesinos–, llegando a ser cesado el juez de instrucción –Ursicino Gómez Carbajo– que quería realizar tal investigación. Y es que el clima revolucionario o prerrevolucionario que se vivía y que desestabilizaba continuamente a los distintos gobiernos era palpable y notorio. Y sangriento. Que aun después de iniciada la sublevación en apenas dos días se sucedieran dos Gobiernos y estos pusieran reticencias a entregar armas a las clases obreras y sindicatos ya indica la desconfianza, y el temor, del propio Gobierno republicano respecto a las masas en las que en apariencia se apoyaban –aunque la propia sublevación militar daría como resultado tener que entregar esas armas, dado el gran apoyo que tuvo el alzamiento por parte de los militares, aunque la mayoría de forma inútil por circunstancias que vienen al caso–.

Y menos mal que esas masas nunca antes tuvieron tal cantidad de armas a su disposición, porque aun así hubo 2.629 muertos de unos y de otros durante los cinco años del régimen republicano –lo que da una media de 9 por semana–. Sin contar los constantes heridos en enfrentamientos entre facciones y en altercados con las fuerzas del orden público, así como las centenares de huelgas, saqueos, atentados, asaltos a iglesias y conventos –y su quema–, ¡a las bibliotecas!, y a las sedes de los partidos. Sin excluir teatros, casinos, restaurantes, bares y cafeterías. Violencia que, aunque no parezca posible, se acrecentó aún más tras las elecciones de febrero. Los asesinatos aumentaron, así como las palizas y detenciones indiscriminadas, destitución de jueces, o el asalto a las cárceles con la intención de liberar presos, incluidos los condenados por la revolución de 1934 …

Tal era el caos que muchos de los propios padres de la República, que con tanto esfuerzo y entusiasmo la proclamaron, terminaron espantados y asqueados hasta el punto de ver con buenos ojos el golpe de Estado militar. Casos como el de Ortega –hay que recordar su archiconocido no es esto, no es esto–, de Marañón o de Unamuno. Tal sería el asunto que el propio Indalecio Prieto llegó a reconocer que el fin de la República era algo que iban a merecer por su propia estupidez, o Julián Besteiro, que reconoció que si eran derrotados lo era por sus propias culpas.

Pero en definitiva, después de estas pinceladas, lo que nos importa resaltar aquí ahora es que esa sublevación militar, ese golpe de Estado contra el inestable Gobierno republicano, y que sería finalmente propiciado, como dijimos antes, por el asesinato de José Calvo Sotelo –como venganza por el asesinato de José Castillo, consecuencia a su vez de otros asesinatos previos, como comentábamos–, acabaría dando como resultado una España franquista que para bien o para mal configuró la España de hoy, esta democracia coronada en la que de momento vivimos. Aunque aquellos que caen en el idealista fundamentalismo democrático se empeñen en negar que España sea una «verdadera democracia», vaya usted a saber en base a qué elevados supuestos. Y es que en ese 18 de julio se alzaría también un virus ideológico que está corroyendo la cabeza de muchos españoles, el virus de la identificación de España con Franco (o con el franquismo).

Desde aquél mismo momento la propaganda franquista identificó ese alzamiento militar, del que saldría el espíritu Movimiento Nacional, con el alzamiento de la esencia española y por tanto, al ganar la guerra, con el franquismo. Llegando a convertir la guerra civil en una teológica cruzada contra el comunismo, dividiendo a los españoles en buenos y malos españoles[1] –cuando los que quedaron en el bando republicano, comunistas incluidos, eran tan patriotas como los demás–. Virus que la Transición, idealizada hasta el paroxismo, no pudo eliminar del cuerpo ideológico-político de la nación española y que las izquierdas españolas, ya desde los años 60 se puede ver, asumieron por completo. Cayendo así en la paradójica situación de apoderarse ellos mismos del discurso franquista, esto es, identificando e España con Franco y el franquismo. Generándose así una modulación negrolegendaria que tiene encorsetada ideológicamente –y legislativamente– a toda la nación, y que los nacionalismos fraccionarios aprovechan con biliosa habilidad.

Así pues, hoy, en esta España democrática y coronada, en esta España que sufrió un viraje ese 18 de julio, en esta España en la que las antiguas izquierdas y derechas han quedado homologadas y disueltas –aunque se sigue insistiendo en esa metafórica separación y para ello recurriendo falsamente a los días que comentamos– y que está en peligro de descomposición; en esta España, decimos, es necesaria, perentoria, una purga que elimine este virus político e ideológico y permita, empezando por las escuelas, la aceptación y conocimiento de nuestra historia. Una historia que para bien o para mal, de todo hay siempre, es nuestra. De todos. Una historia que debe ser presente, sí, pero no en tanto en cuanto propaganda, no deformada por la demagogia, pues la perversión ideológica e histórica, su corrupción, puede ser y es mucho más peligrosa para toda España que la terrible corrupción económica que, también, padecemos. Y esta no es una tarea de unos pocos, de los intelectuales, de los legistas o de los políticos, no, es una tarea de todos y cada uno de los españoles, ciudadanos y miembros soberanos de su nación y por tanto también responsables de ella. Es tiempo ya de que superemos este guerracivilismo visceral y dañino que nos invade como un fantasma que viene del pasado. En nuestra mano queda hacerlo o no.

[1] La misma perversión la podemos ver hoy cuando se habla de buenos y malos catalanes o buenos y malos vascos.

La ropa interior de Miss Dearie. Texto de Ignacia de Pano @ignaciadepano

Es una foto en blanco y negro, de mediados de los años cincuenta. En el fondo, algo borroso, se ven tres hombres con la mirada centrada en lo que debe ser una partitura. En primer plano, está ella. Margaret Blossom Dearie, Blossom Dearie, nacida el 28 de abril de 1924 en East Dunham, Nueva York. Pianista y cantante de difícil clasificación, música de músicos, leyenda. En mi opinión, sin más fundamento que mi pasión por ella y horas y horas de felicidad debida, la viva plasmación de esa cualidad tan elusiva que es el cool.
A su derecha, también en primer plano, un enorme micrófono. La especialísima voz de Blossom, muy aniñada, ligera como un hilo de plata, sumamente dúctil, lo necesita. Es una voz, como escribió Whitney Balliett en el New Yorker, “que no alcanzaría sin él al segundo piso de una casa de muñecas”.
La foto se corta bajo el pecho, pero el piano está ahí. El piano siempre está ahí si estamos viendo o escuchando a Miss Dearie. Un piano sabio y sin gimnasias innecesarias, muy elegante, que acompaña a veces a la voz y otras veces se deja acompañar por ella. Tierno pero no excesivo, como la propia Blossom, con la distancia justa.
Nuestra chica no nos mira. Tiene los ojos centrados en la partitura, colocada encima de ese piano que no se ve. Está cantando. Por la actitud de los músicos a sus espaldas, debe ser un ensayo. Es una perfeccionista. Estudia durante meses las canciones hasta hacerse completamente con ellas, hasta darles la vuelta y sacar todo el brillo que llevan dentro, las dice como nadie antes y como nadie después, con la intención que precisan, con el acorde exacto.
En un tiempo de vocalistas hermosísimas y sensuales como Julie London o Peggy Lee, verdaderas sirenas de voz ronca y seductora frente a las cuales no había atadura en el palo mayor que aguantara, Blossom ensaya con una camisa de hombre y sus gafas puestas, decididamente desinteresada por su apariencia. Hay algo ahí, en ese pelo de corte poco glamouroso, en esa carita seria y concentrada. Parece una niña, una niña algo vieja y muy inteligente, un niña posiblemente demasiado leída para los gustos de la época, vulnerable sin saberlo, con coraje. Yo quiero pensar que debajo de esa camisa de algodón miss Dearie lleva una ropa interior que no esperamos. Algo lujoso y delicado. Seda gris perla, quizás, seguramente con encaje. Si digo gris perla es porque es el color que más le va, no la intuyo con otros colores, le dolerían sobre la piel. Una ropa interior seductora y adulta que desmiente la sobriedad externa. Pero que no vemos. Como sus manos sobre el piano, como el propio piano, como todo lo que de verdad importa.
Blossom domina como nadie la escena de club. En sus largas temporadas en Ronnie Scott’s de Londres o en el Danny’s Skylight Room de Nueva York, sus conciertos son una ceremonia para iniciados. Su delicadísima voz exige, necesita, silencio y atención. Los asistentes cuentan con ello y participan desde dentro de sí mismos, como es todo con Miss Dearie, del milagro que se oficia desde el escenario situado muy cerca de ellos, en ese ambiente inexplicable que hace de los grandes clubs de jazz del mundo algunos de los últimos paraísos posibles. Eso que empieza a sonar, ese acorde que ese aficionado reconoce con una sonrisa, pertenece sin duda a una canción que  fue escrita por un gigante de la música popular. Para Blossom han escrito dioses del panteón musical como Johnny Mercer o Johnny Mandel, y su gusto en la elección del repertorio, es unanimidad en el mundillo, es impecable. The Great American Songbook tiene en ella a una cultivadora de excepción. Frente a vibratos y dramatismos innecesarios, contención, flexibilidad, penetración. Blossom ve más allá que el resto de los cantantes en la música y en la letra. Quizás por eso dice tan bien las canciones con doble sentido, esas escritas por gente culta e ingeniosa para ser escuchadas por otra gente culta e ingeniosa o que quiere o aspira a serlo, que viene a ser lo mismo. Delicias como “my attorney Bernie” :
Bernie says we sue, we sue
Bernie says we sign, we sign…
hacen que el público, ese público en el que ay, no estamos nosotros más que con nuestra imaginación, se ría bajito del double entendre ante la media sonrisa de Blossom desde el piano, que permite por una vez que el silencio se rompa y se produzca la respuesta de un público que, cuál será el verbo que pueda usar aquí, “comprende”.
Otra instrumentista y cantante de enorme calidad, Rosa Passos, me dijo una vez en una de nuestras largas conversaciones sobre el viejo arte de decir canciones, que para cantar bien lo único que no es imprescindible es tener voz. “Se puede cantar bien con cualquier voz, Inazinha. Es lo que se hace con el instrumento que llevamos en la garganta lo que hace al buen cantante. Se necesita ritmo interno, flexibilidad, afinación, matices. Hay que saber dividir y ralentizar y acelerar el tempo, hay que darle a la letra lo que la letra pide, hay que emocionarse, hay que emocionar”.
Blossom tiene todo eso, y además tiene voz. Una voz diferente a cualquier otra, reconocible, propia. Blossom, como Rosa, canta como cantan los instrumentistas, usando la voz como un instrumento más, no para su lucimiento, sino para el lucimiento de la canción.
Para ilustrar este texto, ya demasiado largo, sobre música, hay que poner música. Y de todas sus canciones supe desde el principio que os pondría “The lies of handsome men”, las mentiras de los hombres guapos que escribió Francesca Blumenthal, otra mujer también sabia como miss Dearie.
Miramos la foto de la joven Blossom, pero es la Blossom del final, la aparentemente anciana Blossom, a la que escuchamos. Las apariencias, como siempre con ella, engañan. El piano, la voz, siguen intactos. Con más malicia si cabe, con más conocimiento de la naturaleza humana, con más humor, con más melancolía, con más distancia. Blossom canta sobre una mujer mayor que no se engaña, que ha decidido creer en las mentiras de los hombres guapos, en el amor de los hombres guapos, aún sabiendo que no son ciertos porque hace falta cierta ilusión para seguir viviendo y además qué más da, y Blossom le presta su voz y su piano a esa mujer mayor que no es ella y sobre todo le presta su comprensión y su respeto. El público, que está pero al que no se ve, como todo lo que verdaderamente importa, ríe al principio durante la presentación de la artista para contener la respiración después, cuando empieza la magia de esa mujer mayor que no tiene edad, que es joven o no, no importa, porque lo que transmite está más allá de eso.
Termina la música, se funde a negro el hada del piano y se escapa de la garganta colectiva del público un único suspiro generalizado, de asombro y de placer, de cierto dolor también, porque es una canción infinitamente tr  iste. Aunque la tristeza no se vea, como todo lo que verdaderamente importa.
Como su ropa interior gris perla.
De seda,
De encaje,
Como una nube ingrávida.
Invisible:

Blossom.
Miss Blossom Dearie.

     Y ahora escuchen atenta y relajadamente,

HACIA LA REPÚBLICA DE LOS HIJOS CÉLEBRES. Texto de @Senor_Fernandez Una vitriólica digresión de la actualidad

     Así que pasan quince años…

     Un Enrique Iglesias otoñal, en plena madurez melódica, con más poso en la voz por los amigos traidores, después del trágico desenlace del asunto Kournikova-Bratvaa, se reconcilia con Santander brindando un recital de regusto inolvidable. Ana Patricia lo patrocina desde su exilio en Cornualles. A los coros, las trillizas de oro: las hermosas hijas de Miguel Bosé, adquiridas bajo la etiqueta “pack de varones de raza caucásica”, mudado el sexo en cuanto fueron conscientes del carácter luciferino y eternamente contemporáneo de su padre inorgánico.

     En el periódico digital del hijo de Arsenio Escolar se hacen eco del bello acto de contrición. La bandera tricolor de la república de los hijos ondea en su cabecera: Granma de los hijos célebres de padres célebres. Más abajo, en lo más bajo y deprimido de un final de página, una columna de Toño Fragüas, hijo de Forges, en la que desliza su intención de abandonar la palabra, la literatura revolucionaria, para cultivar la caricatura de sí mismo tal y como le enseñó su padre. Alberto San Juan -nacido de otro dibujante, Máximo -, bajo mínimos emocionales y creativos en este momento – por su carácter colérico y en exceso autoexigente – pero volcado siempre en el contradictorio oficio de la contracultura oficial, aparece en las páginas de espectáculos anunciando su próximo montaje para los teatros del Canal, basado en poemas de Maiakovsky. Se da noticia, asimismo, de los nuevos proyectos de los hijos de Jonás Trueba, que empiezan a despuntar y a hacerse un hueco en el complicado panorama audiovisual. Las veinte familias del cine español siguen proyectándose hacia el futuro y conservando el gobierno de la industria gracias a la gestación subrogada. La sección política (¡) trae una entrevista a Pablo Bustinduy, hijo de Amador, que recibió de su madre la ética y el ministerio del medicamento y de la muerte dulce. Se perfila y es coloreado por la prensa adicta como el sustituto ideal de Pablo Iglesias, quien declara en esos días, cual Napoleón cansado: “España tiene más necesidad de mí que yo de ella”. Gorka Villar, entretanto, inicia su cuarto mandato al frente de la federación euskalduna de furgol. Su nacional cae humillada por la nuestra en el mundial celebrado en la república bolivariana de Cataluña. La fábrica de independentistas, superada por los tiempos, ha tenido que cerrar, dejando a muchas familias en la pobreza. Inolvidable y vibrante la narración de Matías Prats Junior II.

     A todo esto, el hijo de Emérito – “el primero de los republicanos” – carga con las culpas de la deriva patria y se ve forzado a abdicar en su primogénita. Por fin podrá arrojar de su cuerpo la circunspección y encaramarse a elefantes y princesas. Hay facciones feministas que no ven con malos ojos la llegada de Leonor: valoran la idoneidad de una monarca absoluta y de una ley sálica inversa. La Reina madre Letizia está de su parte. Una fotografía reciente, a media página, la muestra en el completo abandono de su dentadura como gesto de rebeldía, perseverando en su actitud bulímica y con rictus de autocrítica institucional. Ha sido decisiva para el cambio.

     En este ambiente convulso, Sonsoles Ónega ha sido nombrada jefa de la Casa de la Reina Leonor para intentar encauzar las cosas y salvar lo que quedara de la monarquía. Su hermana Cristina, también periodista, se arranca mechones de pelo a causa de los celos fraternales. Eugenio Óneguin, el más pequeño de los hermanos, ajeno a esta rivalidad, cultiva el dandismo, asaetando a tetrámetros yámbicos a las damas descuidadas de los jardines del pueblo. El patriarca, Don Fernando, como es su costumbre, editorializa en el diario a favor del consenso entre todos los demócratas, pero se opone en secreto a la continuidad dinástica porque apuesta por una nueva España fundada en el mérito. Confabula a favor de la república mientras se va preparando para una hipotética restauración borbónica. Es de los pocos en pie de su generación. De Gabilondo se conservan los edictos, en un blog de periodismo fantasma. Su papado sigue siendo el faro. Cebrián, eternamente tambaleante, todavía al frente del consejo de administración de Prisa, sonríe ladino mientras ve derrumbarse su mundo. Se prepara para el exilio en México, su viejo sueño de locutor de continuidad entre regímenes. En América triunfa su hijo Rafael, actor de fuste, del que se empieza a hablar como del nuevo Antonio Banderas.

     Un cuerpo de mecanógrafas, redivivo y duro, toma nota de todo ello y se prepara para reescribir la historia.

                                                                  Sr. Fernández

Escenas de palacio. Del blog “Los árboles y el bosque” de @Ajaumandreu

Jueves 20 de julio de 2017, 12.00 horas, Palau de la Generalitat. “Conseller Turull, perdone…” “Meritxell, le he dicho que no me pase llamadas, que estoy buscando urnas en Amazon.” “Sí, conseller, pero es que… Es que…” “Bueno, ya me ha interrumpido, así que dígame. Espero que sea algo importante”. “Es que han llamado del […]

a través de Escenas de palacio — Los árboles y el bosque

El catalanismo ens roba. Texto de Pedro Insua @PedroInsua1

 

Queremos despertar una respuesta política al separatismo, no solo entre ciudadanos afincados en tal o cual región, sino en todos los del país, porque, aunque nadie puede decir con razón que España le roba, sí tenemos buenas razones para alarmarnos de que quieran robarnos España” (Fernando Savater, Prólogo al libro A favor de España, ed. Esfera de los libros, p. 24)

 Es llamativa la paradoja que persiste en el catalanismo actual -también, por cierto, en el nacionalismo fragmentario vasco-, cuando desde su seno se afirma, por un lado, que Cataluña sufre una opresión secular por parte del “Estado español”, teniendo por resultado su expolio (“Espanya ens roba”), y por otro, a su vez, sin percibir en ello obstáculo lógico alguno, que Cataluña es una de las regiones (ellos dicen ambiguamente “país”) más prósperas de Europa (resulta curioso, en esta homologación ficticia, que la Holanda “liberada” hace cuatro siglos tenga en la actualidad unos índices de desarrollo parecidos a los de la Cataluña “oprimida”) .

Así, sea como fuera, si Cataluña abandonara ese lastre que según ellos España representa, estaría Cataluña, dicen, entre las Naciones más ricas de Europa, presuponiendo, y en ello reside la ficción catalanista, que Cataluña forma, ya de hecho, un todo independiente que se constituyó y desarrolló al margen de España, y no como parte suya.

Se abstrae, se da por supuesto, a partir de esta petición de principio, precisamente el proceso de constitución de tal (virtual) nación, con todo el coste que ello supondría o podría suponer (nuevas fronteras, reclamación de deudas, posibles boicots y bloqueos, resistencia del “unionismo”, segregación del mismo, etc), y se presupone una Nación catalana ya constituida (como conejo salido de la chistera) en las mismas condiciones que la Cataluña regional actual, y totalmente homologable a las naciones europeas más prósperas. Sin embargo, no es previsible que tras el necesario proceso secesionista (porque España, sea como fuere, aún sigue existiendo y Cataluña sigue siendo parte suya) las cosas se quedasen como están en la actual Cataluña regional, y, seguramente, la nueva Cataluña “nacional”, posterior al “prusés” de “desconexión”, emularía más a Grecia o incluso Albania, que a Holanda.

Un proceso de “desconexión” (“Ausschaltung” repetían eufemísticamente los nazis en referencia a la segregación de la grey judía) que implicaría, insistimos, una dinámica más bien hostil entre las partes en litigio (catalanismo/unionismo), pero que se busca suavizar desde la propaganda catalanista (y por tanto encubrir dicha dinámica), con el adjetivo “democrático”. Es este adjetivo (en un país en el que se ha llegado a hablar de “orgasmos democráticos”) el que permite que cualquier proyecto quede legitimado y prestigiado en el debate social por el hecho de auto-proclamarse como “democrático”. De esta manera, la secesión, la segregación, el socavamiento de derechos, etc. que dicha “desconexión” implica se pretenden justificar y dar por buenos adornándolos con el adjetivo “democrático”.

Y es que, propagandísticamente, interesa al catalanismo proyectar la idea de que impedir un plebiscito (así en abstracto, al margen de su contenidos decisorios) es antidemocrático, y plantearlo es democrático, ocultando tramposamente que lo que ese plebiscito plantea pasa por excluir de la participación en el mismo a la inmensa mayoría de la población española, y ello en función de una decisión, la que opera dicha exclusión, que no es para nada democrática, sino que, bien al contrario, es una decisión que se establece por la despótica voluntad de la facción catalanista. Un despotismo, sin embargo, que se oculta presentando las cosas justamente al revés, como en imagen invertida (esperpéntica), de tal modo, y así lo repiten una y otra vez, que es la “Cataluña democrática” la que está siendo “oprimida” por una “España despótica”.

Ahora bien, y es esto lo que queremos subrayar, ya esta misma confrontación España/Cataluña es completamente tendenciosa y falaz porque, justamente, parte de una petición de principio, a saber, la de presuponer a Cataluña como una entidad independiente, constituida al margen de España y que España, como “cárcel de naciones”, oprime.

Ello hace que la reclamación de un referéndum para ejercer el  presunto “derecho a decidir” se vuelva completamente paradójico, a saber: si Cataluña ya es Nación, un referéndum que sancione tal hecho sería completamente superfluo (al margen del resultado del mismo). Si se está considerando a Cataluña como sujeto decisorio, y por tanto soberano, ya no tiene ningún sentido sancionar si lo es o no, porque ya se le está concediendo tal condición. Por otra parte, si Cataluña es parte de España, entonces el referéndum involucraría al resto de españoles, que como sujeto decisorio tendrían que participar en el mismo, y, por tanto, seguirían los españoles en su conjunto determinando, tras el plebiscito, el estatuto político de Cataluña. Seguirían, pues, sin ser solo “los catalanes” los que “decidieran su futuro”.

En cualquier caso si, finalmente, la secesión se produce, ello no sería porque “los catalanes” por fin pueden “decidir democráticamente” su futuro, sino porque unas facciones dentro de España, la facción catalanista, se impone a otras partes, a otras facciones no catalanistas (por una vía además, la de la falacia, la demagogia y la adulación, que pueden ser más opresivas que la de la bota militar), dejándolas fuera de sus derechos sobre un territorio, la región catalana, que hasta ahora, mientras no renuncien a ella, les pertenece. Es decir, lejos de constituirse como una vía democrática para la independencia, la secesión a la que aspira el catalanismo supone no tanto la “restauración de unos derechos” para Cataluña y los catalanes que nunca existieron (salvo en la imaginación de algunos publicistas), sino la exclusión antidemocrática del resto de españoles a tomar parte en una decisión que les afecta a todos por igual.

De hecho, el mero planteamiento de un referéndum en estos términos, apropiándose en exclusiva de una parte del territorio que es común, ya supone una amenaza para España, y para la democracia en España, en cuanto que, insistimos, se está privando a unos ciudadanos (los españoles no residentes en Cataluña) de la posibilidad de decidir sobre un territorio respecto del cual tienen tanto derecho, en tanto españoles, como los ciudadanos de la parte catalana.

Por otro lado, además, también se está sustrayendo a los propios catalanes (en nombre de cuyos presuntos derechos “históricos” habla el catalanismo) sus derechos efectivos, en tanto que (de nuevo) ciudadanos españoles, sobre el resto de España (el resto de territorios españoles que no son Cataluña).

En definitiva, el adjetivo “democrático” no tiene otro significado más que el propagandístico, a favor del catalanismo, y en este sentido cumple muy bien sus funciones encubridoras, demagógicas, toda vez que lo que se está realmente planteando es el robo, el saqueo, vía secesión, de una parte de España (apropiándose de algo que es común), viniendo el adjetivo “democrático” a amortiguar, por encubrimiento, la realidad facciosa y sediciosa que, sin más, el catalanismo representa.

Y es que la cuestión, y esto es lo que está por ver (siendo muy difícil de prever), es si existe capacidad de resistencia desde otras posiciones contrarias a la secesión para evitarla, y no se dejan engañar por el señuelo “democrático”. La opinión de que cualquier disparate se hace bueno si recibe apoyo electoral neutraliza, de hecho, cualquier argumento en contra tachándolo de “fascista” (es decir, contrario a “la democracia”), y esto deja a la sociedad política española completamente inerme, si no se desenmascara el engaño, ante tales amenazas de fragmentación.

Por decirlo con Solé Tura, el “padre” comunista de la Constitución vigente, que ya en 1985 lo advertía con lucidez, “crear un Estado independiente de la España –y posiblemente de la Francia- de hoy significaría abrir un contencioso político terriblemente duro, que afectaría a todos los sectores de la sociedad española y a todas las instituciones. Aun suponiendo –cosa que está por definir- que el derecho de autodeterminación se entendiese como una consulta electoral en el territorio que aspirase a la independencia, es indudable que a esta consulta electoral sólo se podría llegar o bien a través de un proceso insurreccional o bien a través de una gran batalla política, con elementos insurreccionales por medio, que tendría por eje exclusivo precisamente la concesión o no de la independencia. […] Es difícil pensar que un choque de estas características podría terminar tranquilamente con la independencia de una parte del territorio español o con la negación violenta de la independencia, sin destruir el sistema democrático de la Constitución de 1978” (Nacionalidades y nacionalismos en España, p. 153-154).

Porque, en efecto, el proceso de fragmentación de una Nación ya constituida como es España, por lo menos en la Europa capitalista actual, no es -no puede ser- ningún camino de rosas. Una “nación catalana” surgida del “prusés” es muy previsible que sea recibida hostilmente por parte de unos, en el peor de los casos, y amigablemente en el mejor, pero una “amistad”, en cualquier caso, que buscará sacar tajada de esa España desaparecida por su división fragmentaria, haciendo a cada una de las partes resultantes (Cataluña, País Vasco, Galicia, etc) más dependientes (y no “in-dependientes” como pretenden sus propagandistas) de los grandes depredadores, políticos y empresariales, de la “biocenosis” europea: “en estas condiciones, continúa Solé Tura, el nuevo estado sería una presa apetecible para otras potencias y para las grandes empresas multinacionales y solo se podría mantener acogiéndose al patrocinio de otro más fuerte –y el más fuerte son los Estados Unidos-, es decir, convirtiendo su independencia formal en una nueva forma de subordinación”.

No solamente, pues, el catalanismo busca quitarnos a los españoles (incluyendo naturalmente a los catalanes) lo que es nuestro, sino que con ello nos expone a que, como resultado de esa gibarización de derechos, seamos devorados y absorbidos por una dinámica geopolítica en la que, repartidos los españoles en pequeños estaditos, prácticamente nada podamos hacer.

Es el catalanismo el que ens roba.