El catalanismo en España y la paloma de Kant. Texto de Pedro Insua (@PedroInsua1)

“La cuestión pues está en si España (incluyendo, claro, las facciones catalanas no catalanistas) va a tolerar esta amenaza interna de su integridad territorial, en cuanto que estos planes (referendos de “autodeterminación”, etc) representan ya si se producen, y sea cual fuera el resultado, la fragmentación por secesión de una de sus partes, Cataluña, con lo que ello tiene de expolio al apropiarse los catalanistas (que no los catalanes), siquiera virtualmente, de algo que es común a todos los españoles.”

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 El catalanismo como movimiento político independentista surge en España en la segunda mitad del siglo XIX, y lo hace en buena medida como reacción segregadora de la población nativa catalana respecto al resto de la población española (murcianos, andaluces, extremeños, etc) que llegó a Cataluña durante ese período atraída por su prosperidad industrial. Una industria que se desarrolló, precisamente, bajo el marco jurídico político de la legislación española, y que en ningún momento supuso un menoscabo para la población nativa en cuanto que, como catalanes, jamás sus derechos se vieron mermados, socavados o disminuidos (la idea de una de “Cataluña oprimida” es completamente fantástica en este sentido).

Sin embargo, desde el catalanismo se entiende que esa filtración emigratoria procedente del resto de España representó, y sigue representando, una amenaza para la conservación y prosperidad de la “nación catalana”, entendida esta como una sustancia cultural (en el sentido “superorgánico” de Frobenius o de Spengler) con sus señas propias de identidad (como son la lengua catalana, el folklore, incluso la raza, etc) y que requiere de un “Estado propio” para que tal sustancia cultural catalana no se termine perdiendo o disolviendo en la cultura española.

El Estatuto de Autonomía en vigor (del año 2006), marco legal por el que se rige Cataluña en tanto comunidad autónoma española, no parece ser suficiente para los líderes del catalanismo actual, con el presidente de la Generalidad Puigdemont a la cabeza, puesto que, y lo han manifestado en reiteradas ocasiones, ellos reclaman un régimen institucional que tenga el carácter de “Estado” de pleno derecho, habiendo incluso aprobado desde el parlamento autonómico catalán una declaración (en enero de 2013) por la que se reconoce a Cataluña como “pueblo soberano”. En este contexto la Generalidad de Cataluña ha puesto ya fecha, por segunda vez tras el 9 de noviembre de 2014,  para celebrar una nueva consulta plebiscitaria el próximo 1 de octubre de 2017 en la que “decidir” si Cataluña se mantiene dentro de España o se declara como estado independiente.

Así pues para el catalanismo España representa una lacra, un peso muerto para el mantenimiento y prosperidad catalanas (“España ens roba” es el lema) siendo necesaria la segregación de todo lo español en ella (o, más bien, lo que se tiene por tal) previa petición de principio por la que lo catalán se disocia totalmente, como si fueran conjuntos disyuntos, de lo español. Una segregación, por cierto, que en su origen tenía además un componente racialista antisemita explícito (que tras la experiencia de la Shoá se ha ocultado, pero que sigue ahí transmutado en forma de identidad cultural, lingüística, etc), haciendo de los catalanes literalmente una grey superior, por su ascendencia aria, frente al resto de españoles a los que se les suponía mezclados con la raza semita y, por ello mismo, despreciables. Así Enric Prat de la Riba, padre del catalanismo actual, decía literalmente que existen “dos maneras de ver diametralmente opuestas: la opinión catalana y la opinión castellana o española; la una positiva y realista, la otra fantasista y charlatanesca; la una llena de previsión, la otra el colmo de la imprevisión; la una ligada a la corriente industrial de los pueblos modernos, la otra nutrida de prejuicios de hidalgo cargado de deudas e inflado de orgullo. Estos son los rasgos distintivos propios de los dos pueblos que son la antítesis uno del otro por la raza, el temperamento y el carácter; por el estado social y la vida económica.[…] Los castellanos, que los extranjeros designan en general con la denominación de españoles, son un pueblo en el que el carácter semítico es predominante; la sangre árabe y africana que las frecuentes invasiones de los pueblos del sur le han inoculado se revela en su manera de ser, de pensar, de sentir y en todas las manifestaciones de su vida pública y privada” (La nacionalitat catalana,1906).

Partiendo pues de la premisa de que España representa una ruina (cultural, económica, incluso racial) para Cataluña, es necesario su desligamiento político para su propia supervivencia como pueblo, así piensan, siguen pensando, desde el gobierno autonómico actual.

Ahora bien, lo paradójico de esta concepción viene dado por la misma constatación de que Cataluña, bajo el “yugo” español que supuestamente la oprime, se va a transformar, a lo largo del XIX y hasta bien entrado el siglo XX, en la región más rica de España, convirtiéndose a su vez Barcelona, en el contexto de la jerarquía urbana española, en la ciudad más habitada (así hasta la guerra civil) y expansiva de España y con uno de los puertos más activos del Mediterráneo (desplazando a Sevilla, a Valencia en este sentido, más vigorosos en siglos anteriores). Y esto ocurre precisamente, el auge de Cataluña, cuando España, a partir de la Constitución de Cádiz (1812), se convierte en Nación política en el sentido contemporáneo, y Cataluña en una de sus partes más destacadas. Es decir, ocurre que es precisamente cuando España se constituye como nación en sentido político (contemporáneo), y Cataluña como parte suya, cuando tiene lugar la mayor prosperidad de Cataluña, siendo la constitución nacional de España base de esa prosperidad catalana, y no lastre (según quiere ver, de modo distorsionado, el catalanismo). Opera aquí un espejismo, el espejismo catalanista, de un modo parecido al espejismo que sufre la famosa paloma de Kant (en la Crítica de la razón pura) que cree que el aire, por la resistencia que ofrece, es un obstáculo para poder volar, cuando es el medio sin el cual el vuelo es inviable. De la misma manera que el aire para la paloma, el ámbito nacional español es el medio a través del cual ha prosperado Cataluña como región, viendo el catalanismo en ello, sin embargo, un obstáculo, cuando sin ese medio no hubiera podido prosperar como, en efecto, lo ha hecho.

La cuestión pues está en si España (incluyendo, claro, las facciones catalanas no catalanistas) va a tolerar esta amenaza interna de su integridad territorial, en cuanto que estos planes (referendos de “autodeterminación”, etc) representan ya, si se producen (y sea cual fuera el resultado), la fragmentación por secesión de una de sus partes, Cataluña, con lo que ello tiene de expolio al apropiarse los catalanistas (que no los catalanes), siquiera virtualmente, de algo que es común a todos los españoles. Ello servirá, si tolera dicha consulta en su seno, como prueba de fuego de lo que vale España como estado soberano, y es que, decía Spinoza: “El estado comete falta, cuando cumple o tolera actos susceptibles de arrastrarle a su propia ruina […]. Para que un Estado permanezca libre (soberano) debe continuar haciéndose temer y respetar, sino deja de ser un Estado…”.

 

Autor: carmenalvarezvela

Inconformista por naturaleza. No me resigno a casi nada a no ser que sea irremediable. Defiendo la libertad y la unidad de España. "El peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada", Emmanuel M. Alcocer. Estudié Derecho y me gano la vida haciendo números.

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