EL AUTOR TRADUCIDO Por Sanz Irles @SanzIrles            www.sanzirles.com

La traducción literaria es un tema apasionante y espinoso, que me ha interesado siempre; primero como lector, después como traductor y ahora como escritor. 

Está a punto de aparecer la versión inglesa de mi novela «Una callada sombra», que pasa a llamarse “Silent Shadows”. Esto me ha permitido entrometerme en el proceso de la traducción, siguiendo de cerca los avances y las cuitas de Lisa Carter, en quien recayó el trabajo. 

Me pidieron pasar al papel mi experiencia como autor traducido. El resultado fue este artículo, que escribí en inglés y que ahora me autotraduzco. Hay mucho detrás de un trasvase entre lenguas; esto es sólo una pequeña parte.

Cuando supe que una de mis novelas iba a ser traducida al inglés, caí en la cuenta de dos cosas: qué formidable oportunidad se me daba, y qué desafío había por delante.

Sin duda fue aquella mi semana de suerte: a los pocos días me dejaron elegir al traductor, de entre una terna. Es algo muy poco frecuente, tengo entendido. Tras leer las tres versiones del capítulo que se utilizó como prueba, me decidí por la canadiense Lisa Carter. Un asunto de afinidad verbal, supongo. Una vez superada la extrañeza (casi un out of the body experience) de ver en otra lengua las palabras que uno ha tejido cuidadosamente en la propia, me pareció que la versión de Lisa tenía un ritmo y una musicalidad interna más “míos” que las otras dos. ¡Tenía que ser Lisa!

Pero elegir el traductor fue sólo el comienzo de las penalidades. Darle a alguien tu texto para que lo traduzca es como entregar tu propio hijo a un tutor, para que te lo cuide durante una larga y obligada ausencia. ¿Será el tutor adecuado? ¿Saldrá el niño ileso de la ordalía?

En las fosas abisales del cerebro, los pensamientos se tornan aún más tenebrosos: ¿de verdad voy a permitirle a esta bruja que hinque sus sucias garras en “mi” criatura? ¿Cómo podrá esta señora manejar el ritmo inviolable de mi prosa o la fina marquetería de mis oraciones? ¿Acaso me he vuelto loco?

En cuanto nos pusimos manos a la obra (ella a traducir y yo a enredar con las dudas de interpretación que le surgieran), el aplomo de Lisa ante el trabajo obró en mí un poderoso apaciguamiento e hizo desaparecer mis principales temores. Parecía una persona razonable y no daba señales de ser la niñera loca que complota para hacer pasar el niño como suyo y robártelo. Tenía claro quién había escrito la novela y, ¡prodigio de prodigios!, aseguraba estar dispuesta a tener en cuenta mis opiniones.

Según avanzaba el trabajo, fui apreciando más y más su respeto hacia el texto que se le había encomendado. Mantuvimos un intenso intercambio de e-mails, para asegurarnos de que hubiese una aceptable sintonía en lo relativo al estilo general de la prosa y sobre la forma en que pensaba trabajar con mis periodos largos (algo faulknerianos, a veces), a los que un lector medio anglosajón, sobre todo norteamericano, podría estar poco habituado; hablamos de cómo abordar una serie de asuntos extralingüísticos, culturales y metaliterarios, como el de algunas de las citas de otras obras que, velada o explícitamente, aparecen en la novela; también hubo que ponerse de acuerdo en algunos tecnicismos menores (pero importantes para el marketing) como si convenía usar el inglés británico o el estadounidense. Fue muy divertido y hasta hilarante, a veces, trabajar con Lisa en esas largas tareas preparatorias del trabajo verdadero.

Se había ganado mi confianza, de modo que ahora mis miedos se volvieron hacia mí mismo. ¿Cuánto iba yo a ser capaz, a mi vez, de respetar su trabajo?

No soy un “cliente” fácil, no sólo porque mi nivel de inglés me permite cuestionar y discutir ciertas decisiones de traducción, sino, sobre todo, porque cuando se trata de palabras soy, fuerza es reconocerlo, un maniaco. No son las mejores credenciales para que un traductor se encuentre cómodo conmigo, bien lo sé. Abrigo la esperanza de que Lisa haya encontrado tolerable mi actitud.

Restringí mis comentarios a lo que consideré imprescindible para asegurarme de que había entendido algunos matices finos del texto original, y le reconocí autoridad sin límites para decidir cómo verter dichos matices al inglés, una vez plenamente comprendidos. (Sólo tuve que insistir un poco para que no barnizara en exceso ciertas expresiones vulgares y escenas indecorosas, aún a riesgo de perder «lectores puritanos», y en honor a la verdad lo hizo con donaire y sin obligarme a insistir demasiado).

He quedado muy contento con el resultado y declaro, con la solemnidad que me permite el medio, que soy el autor de Una callada sombra, pero que Silent Shadows le pertenece a Lisa Carter casi tanto como a mí, y así lo hago público poniendo, junto al mío, su nombre en la cubierta.

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Autor: carmenalvarezvela

Abrí este blog para hablar de España y conforme ha pasado el tiempo, algunos amigos mucho más cualificados que yo colaboran para expresar nuestra común preocupación por los males que nos aquejan como nación. Otros participan escribiendo sobre música, cine, literatura, historia ... Debería cambiar el nombre del blog, "No me resigno", como mínimo por "No nos resignamos", ya veremos. Mi amigo Emmanuel M. Alcocer me dijo una vez que el peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada. Pues ahí estamos, intentando hacer algo.

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