Madrugón y radio. Texto de Carmen Álvarez

Madrugo mucho, cosa que acreditan mis tuits de las seis de la mañana quejándome del frío, del calor y  de que el litro de café que llevo tomado no me hace efecto. Desde que me despierto escucho la radio. Vivo sin televisión felizmente, ni la enciendo, pero si me quitan la radio creo que muero. Me levanto y me acuesto con la radio puesta. De hecho, valoro como una de las ventajas de la soltería poder ponerme la radio a las cuatro de la mañana si me apetece sin que un señor al otro lado de la cama se queje –con toda la razón-. Indudablemente, me estoy haciendo mayor y a este paso moriré sola rodeada de westys. Estoy volviendo a fumar de vez en cuando y estoy encantada. Soy rarísima. Cada día paso un poco más –si cabe- de bobadas y me siento más libre. La libertad es una guerra que se lucha y  gana en el cerebro. O se pierde.

Pues bien, volviendo a la radio, esta mañana me chocaba cómo  acontecimientos terribles se mezclaban con unas tonterías increíbles que daban como noticia. Las oigo salteadas, entro y salgo de la habitación, me ducho, preparo mis cosas y las pillo al vuelo. Lo más importante, lo grave: Leopoldo López y Antonio Ledezma fueron ayer secuestrados –que no detenidos- y parece que la represión todavía será más cruenta. Todo lo que procede de Venezuela es espeluznante, aterrador, incomprensible y hace sentir una impotencia que llena de angustia. Venezuela, nación hermana, nación hispanoamericana, sigue desangrándose pero la franquicia chavista en España no tiene nada que decir. No comprendo la nueva política.

Salgo de la ducha y resulta que, al fin, se ha cerrado Garoña. A mí no me produce ninguna alegría por aquello de que necesitamos energía y, además, queremos que sea barata; pero parece ser que en “Euskadi” –palabra inventada por Sabino Arana y que hace referencia a las provincias vascongadas- están muy contentos porque se sienten más seguros. Espero que cierren también las centrales, no sólo del sur de Francia, sino de Francia entera, porque si una sufre un percance lo mismo nos da estar a cincuenta kilómetros que a quinientos que a mil. Esto demuestra que  la ideología puede llegar ser un grandísimo placebo.

Sigo. Entre que preparo mi ropa, el bolso –capítulo aparte- y todo lo que es posible que pueda llegar a necesitar durante el día -que en mi caso puede ser infinito o más-, sale Turull en la radio. No presto mucha atención porque si no se me olvidan mis cosas, pero entresaco las palabras: democracia, urna e indecencia. Sonrío mientras guardo el paracetamol por si me duele la cabeza. Quizá Turull me lo ha recordado. Indecencia dice Turull. No sé si reír a carcajadas o llorar amargamente. Indecencia, sí.

Mientras me tomo mi último café on the rocks antes de salir, me entero de que Ramón Espinar ha llamado guapi a Cifuentes. Casi se me cae el café de la indignación. ¡Guapi! Este hombre no sabe que a las mujeres mayores nos gusta que nos llamen cosas mucho peores, pero ¿guapi? No passa res, Doña Cristina pone el dedo en la llaga y le dice algo así como: ¿qué pasaría si alguien del PP llamara guapi a una mujer de Podemos? Inapelable argumento que seguro sonroja al Sr. Espinar, joven deslenguado y con muy poquita vergüenza para sus cosas. Y me quedo mucho más tranquila sabiendo que, al menos, la política de estamicomunidad -que diría mi querido @MylesBo- mantiene una altura más que aceptable y que está en buenas manos, ocupándose de los problemas de los madrileños y las madrileñas.

Con esta sensación una se puede ir a trabajar contenta, feliz y segura. Tan sólo queda un poso de amargura, preocupación y tristeza por Venezuela. Dicen que llega la noche más larga. Venezuela querida, muchos hermanos españoles os llevamos en el corazón.

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Autor: carmenalvarezvela

Inconformista por naturaleza. No me resigno a casi nada a no ser que sea irremediable. Defiendo la libertad y la unidad de España. "El peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada", Emmanuel M. Alcocer. Estudié Derecho y me gano la vida haciendo números.

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